Hace mucho tiempo, un muchachillo llamado Steven Wilson, en un brote de ocio inventó una banda ficticia llamada Porcupine Tree. Esta banda simplemente era una pantalla para mostrar sus experimentos musicales, experimentos que empezaron a llamar la atención al grado de formar una banda real y convertirse en un referente en la escena progresiva de los 90’ y la década pasada.
Porcupine Tree, al ser una extensión de las inquietudes de Wilson, navegaba desde el space rock psicodélico al Rock/pop sin asco. Pero a medida que la popularidad del grupo crecía y la participación de su líder se diversificaba en varios proyectos, Porcupine Tree se volvió una banda más orientada al metal y más oscura, siendo expresamente el lado oscuro de Steven Wilson donde canalizaba todas sus energías negativas, dicho en sus propias palabras.
Quizás esa rigidez estilística que él mismo definió (consciente o inconscientemente), llevó a Wilson ponerle fin al grupo (o por lo menos dejarlo en un hiato indefinido) y concentrarse de lleno en su carrera solista; y es en este punto que estamos ahora, ad portas de hablar de su recién salido tercer disco solista.
Es que el fin de Porcupine Tree y su opción solista me descolocan, en especial por el camino que ha optado a partir de su segundo álbum. Porque una cosa que me alucina del Insurgentes (su primer disco solista) es esa experimentación sonora sin límites, el tipo tomó lo hecho con No-Man, Blackfield y Porcupine Tree y fue más allá , dejando un muy buen pie para una continuación; pero cuando apareció Grace For Drowning, la experimentación se volvió revisionismo, con un notorio sonido evocando a los 70’ con mucha cita a Van Der Graaf Generator y a King Crimson, sumado a ciertos guiños de música incidental tipo soundtrack de película, parada que está marcando mucho a Wilson y lo deja claro con Storm Corrosion. Entonces en ese contexto la llegada de un tercer disco con esa perspectiva no era muy llamativo para mí…tal vez en un acto egoísta el grupie que llevo no le perdona el hecho de matar a Porcupine Tree y volverse un nostálgico por el prog de los 70’, pero como me enganchó con Storm Corrosion decidí que debía escuchar The Raven That Refused To Sing (And Other Stories).
De lo leído en medios especializados se coincidía que Wilson formó una banda estable para las sesiones de grabación, porque para este disco quería componer “canciones tocables”. De los integrantes puedo destacar a Marco Minnemann en la batería (que pienso que jugó un rol importante en este disco) y a Alan Parsons en algunas guitarras y en la coproducción.
Y así se inicia el recorrido por estas seis “historias” que trae el disco.
Empezamos por Luminol, canción cuya entrada recuerda a The Mars Volta, que luego continua por un tempo andante donde aparece la flauta traversa solista muy a lo Jethro Tull, ya cuando el ritmo de la canción baja se generan atmósferas con sonidos mezclados de órganos Hammond y Moog. Esto genera la sensación de que estamos escuchando un score de una película. La flauta y los bronces dan un aire muy fuerte de rock progresivo de inicio de los 70’ a la canción pero que se siente más moderno con los cambios de tiempo marcado por la batería de Minnemann y acompañado por armonías vocales que recuerdan al In Absentia y al Deadwing.
Drive Home recuerda a una mezcla del Porcupine Tree del “Shesmovedon” con lo realizado con Blackfield, sólo que se le agrega un clarinete y una guitarra con un sonido muy limpio para tener este feeling medio jazzero; y así cuando entra al solo volvemos con esa vibra “Porcupine Treenezca” del Lightbulb Sun.
The Holy Drinker vuelve a recordar esa vena setentera tipo Magma pero que tiene toques de rock moderno recordando lo que hizo Wilson con Insurgentes pero con estructuras y cambio de ritmos que recuerdan un poco a Dream Theater, no por nada Marco Minnemann fue candidato a suceder a Portnoy. Con unos solos de órgano y de flauta muy libres, es la batería y el bajo mantiene la canción en estructura los cual hace accesible de oír, es interesante cómo de la mano de Minnemann, Wilson logra el dialogo entre lo moderno y lo antiguo, eso sí del minuto 8 hasta el final la canción se pone media frenética, con harto sonido distorsionado con el mellotron y una línea de riffs progresivos hasta el final.
The Pin Drop comienza con un arpegio con un halo de misterio, con Wilson y su voz desgastada cantando alto y con un estribillo donde la presencia de Minemman le da un toque dinámico. Todo esto para seguir con esos solos clásicos de banda prog de los 70’ y luego seguir con un segundo coro muy a lo Blackfield, con mucha fuerza en las armonías vocales para luego volver al arpegio original, siguiendo con esta nueva estructura de la canción hasta al final.
The Watchmaker recuerda en un inicio a tonalidades sacadas de alguna canción de Blackfield, pero a medida que la canción avanza se asemeja a lo hecho recientemente en Storm Corrosion, volviendo a la música tipo soundtrack de cinearte con la flauta integrándose muy bien en esta ocación (lo admito no soy fan de las flautas solistas medias frenéticas) y luego hay un extraño cambio que hace que la canción parezca a una canción de Dream Theater (Learning to Live para ser exactos) volviéndose de a poco más frenética hasta que Wilson vuelve a cantar. La lírica y la música me genera imágenes que me hacen recordar el París de “La Invención de Hugo”, y eso es un punto a favor de la nueva faceta de Steven Wilson: esa capacidad mas desarrollada de plasmar imágenes con la música. Después vuelve otro interludio musical con un bajo que pareciese que lo sacaron de un tema de Rush, para luego devenir en otra escena con atmósferas muy frenéticas para darle fin a la canción.
The Raven That Refused to Sing es la mejor canción del disco, pero a su vez es una de la más tristes que ha escrito, la canción habla sobre la pérdida de un ser amado y la fragilidad de las personas ante eso. Esto no debería de extrañar de alguien que ha dicho que “las melodías más hermosas son las más tristes”, el video que acompaña a la canción hace fuerza de esa idea.
Y ese ha sido el viaje, creo que este disco tuvo un mejor cierre por las participaciones de Alan Parsons que aterrizó a Wilson y no lo dejó irse tan en “volá” como ocurrió en Grace for Drowning y de Marco Minemman que notoriamente le dio un ritmo más dinámico al disco. No creo que The Raven sea mejor que Insurgentes como la prensa especializada estima, pero es un buen inicio si esta empieza a ser la era de Steven Wilson Post-Porcupine Tree y lo dice un viudo de Porcupine Tree.

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