Hace un par de semanas apareció un artículo en el New York Times en que se explicaba el estancamiento o involución que ha sufrido la industria musical en cuanto a la calidad sonora. El artículo dice que pese a los avances de los equipos de alta fidelidad de sonido, las ventas de estos aparatos han disminuido producto de los dispositivos portátiles, que gracias a su portabilidad, han desplazado a los grandes equipos estéreos y han masificado aún más los archivos de audio comprimido como los mp3.
Al comprimirse el audio, se eliminan ciertas frecuencias, perdiendo información que antes era audible en CD. Por ejemplo: si comprimen el dark side of the moon a mp3, la frase final “there is no dark side…” no se escucha a lo menos que pongan el volumen al máximo. En otras palabras la integridad sonora de un disco o canción se pierde.
Ante esta situación los ingenieros que masterizan los discos, en el último tiempo han decidido subir el volumen general, de tal manera que al comprimir se pierda la menor información sonora posible, sin embargo en equipos de alta definición estos discos evidencian problemas de saturación. Además, un reciente estudio hecho por un profesor de música de Stanford dice que sus alumnos no encuentran mayor diferencia entre un audio en HD y un Mp3 argumentando que el oído se ha adaptado a sonidos de menor calidad.
El asunto es que el problema de la calidad sonora de los discos es algo que preocupa a un pequeño nicho, ya que como señala el artículo, el aumento de ipods y la baja venta de grandes equipos de audio evidencian un tema más de fondo, relativo a la forma de escuchar música en sí. La gente ya no escucha música como actividad sino que ha pasado a ser una suerte de subrutina, un acompañamiento mientras se hace otra actividad como trabajar, cocinar, estudiar, trotar, etc.
Las conclusiones del artículo hizo que un personaje en particular tomara cartas en el asunto: Me refiero a Steven Wilson.
Wilson, quien se ha convertido en una suerte de paladín contra la cultura Ipod, escribió una carta que fue publicada por el New York Times, en donde señala que el mayor daño producido es que se ha perdido la práctica del “arte de escuchar música” producto de la lógica de wurlitzer que conlleva el bajar canciones desde iTunes y a la pérdida de la materialidad del disco como objeto de arte al transformar el álbum en un archivo digital.
Tal vez el punto sobre el arte de escuchar música es lo esencial. No se les puede pedir a todos que lo practiquen. El tiempo y el dinero no dan para sentarse en un salón a escuchar música y si es una actividad que no apasiona tampoco amerita a hacerlo.
El practicar un arte, sea cual sea, requiere tiempo o darse un tiempo para hacerlo. En días como hoy, en donde la persona que no es multitasking muere, es difícil sentarse en una pieza y dejar que la música suene. Admito que yo era de aquellos que practicaban esa disciplina (y que de algún modo lo continuo haciendo); podía pasar una tarde entera en mi pieza escuchando música, pero a medida que el tiempo avanza, la cantidad de actividades que uno realiza aumenta, pero el tiempo sigue siendo el mismo. Lo que significa que si quiero practicar el arte de escuchar música, en la cantidad de horas que lo hacía hace 5 o 10 años atrás, la única manera que tengo es escuchar música mientras trabajo y llevármela conmigo mientras viajo de un lugar a otro. Y ya es algo complicado, porque vivimos en una ciudad muy ruidosa y a lo menos que te revientes los oídos escuchando a todo volumen o te compres un casco/audífono es difícil emular la experiencia del “cuarto de música”. Pienso que mientras uno tenga la intención y hace el esfuerzo de escuchar lo que suena en los audífonos la experiencia de escuchar música no se pierde, PERO para que esto funcione uno debe gustarle la actividad de escuchar música, sino será como dice el artículo del NYT: una subrutina que acompaña a otra actividad.
Sobre el punto de la pérdida en la calidad sonora de la música, es un hecho que los afectados son los que tienen buen oído, pero en una ciudad tan ruidosa como Santiago si existe alguien con buen odio va a cagar pronto. Ahora, del universo de personas que aún tienen buen oído (que deben ser muy pocos) la solución es: o gastan una cantidad absurda de plata en tener equipos con dobly 6.0 y compran los DVD-A o lo SACD, o se contentan en ser algo mas busquillas y buscan alternativas de encodear en mp3 ocupando el lame mp3 o pasando los discos a flac (aunque implica tener mucho disco duro). Pero cuánto afecta la calidad del sonido en el arte de escuchar música puede ser relativo, porque muchos de nosotros empezamos a escuchar en equipos más bien modestos. En mi caso, una radio Aiwa que sólo tenía ecualización de altos y donde escuchaba cassettes muchas veces copiados de una copia y aún así lo escuchaba y recontra escuchaba. Nuevamente lo que importa es tener la disposición a escuchar y disfrutar el acto de escuchar.
Ahora respecto a la postura del señor Wilson en contra de la cultura iPod, siento que él cae en una falacia, tal vez arrastrado por la nostalgia de su juventud de la época del vinilo, donde ahí literalmente era uno y la fonola y tener un disco original más bien otorgaba status, pero me pregunto ¿el nunca hizo un cassette de compilados de la radio o de lo mejor de sus discos? o ¿acaso no tuvo ningún álbum donde había una canción buena y el resto es pura basura? Porque no hay lógica que resista comprar un álbum donde haya una sola canción que me agrade, a lo menos que uno sea un coleccionista de discos.
Está bien, el mercado ha facilitado la cultura del single y que los álbumes no son más que un collage de singles que los van matando de a poco como si fuese unas bengalas. Pero si nos ponemos a pensar siempre ha sido así desde la concepción de la música popular como industria, salvo que por lo globalizado y lo inmediato de hoy todo se hace más evidente.
Al final discos realmente buenos son menos de los que uno cree, y ahí está el verdadero desafío de los músicos de hoy: de generar una obra de arte que seduzca al que lo escucha de principio a fin de tal forma que uno vaya un paso más allá de tenerlo en formato digital y lo tenga como CD o DVD para atesorarlo porque significa que vale la pena tenerlo y escucharlo de principio a fin…practicando el arte de escuchar música.
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